Siempre me ha gustado escribir, pero paradójicamente no mancho mi pluma. Tengo a la vez mucho que decir y mucho reparo a la hora de decirlo. A lo mejor es que tengo demasiado que decir y no sé sintetizarlo en un todo coherente, no sé. A lo mejor es inseguridad, miedo a enfrentarse al mundo. Sea lo que sea, he decidido que voy a tirarme al agua, aunque cueste lo suyo arrancar. Esta semana he estado probando una nueva técnica: escribir mi propia historia, mi vida. Autobiografiarme. Dicen que una de las musas más provechosas es uno mismo. Mi teoría es que, partiendo de una historia propia se la puede moldear, casi esculpiéndola, para sacarle al final otra forma que no tiene nada que ver con la original, con otros personajes y hasta otro desenlace, y sin embargo con una base tan sólida como pudo ser la propia realidad en un momento dado. Veremos a ver si funciona en la práctica.
Tengo dos impulsos: el de escribir historias tristes y deprimentes y el de escribir historias felices y esperanzadoras. De momento parece que no hay término medio. Soy una persona extremista, lo reconozco, y vivo mis emociones intensamente. Tengo muchos sentimientos dentro de mí, algunos odiosos, otros amorosos y compasivos. Los odiosos los reprimo muchísimo, y esto lleva a que me salgan en ráfagas, normalmente por la espita de la socarronería. Tengo que sacarlos todos, y con mis relatos se tratará también de eso: de sacar mis sentimientos.
Voy a escribir relatos eróticos, por varias razones. Primero, porque necesito hacerlo. Que yo sepa o haya visto, nadie escribe las cosas que yo deseo, fantaseo, imagino o, en algunos casos, ¡ni siquiera las que he vivido! Y sí, he leído mucho slash. Atender a mi sexualidad es una tarea pendiente para mí desde hace más de diez años y no quiero darle más largas. Por un lado, tengo que aclararme, y eso lo hago mejor por escrito. Por otro, tengo que explorarme. Y por otro, tengo que afirmarme.
La confusión sexual me viene de lejos, desde que descubrí el sexo. Más que confusión creo que es alienación. Puedo estar con cualquier grupo y cuando empiezan a hablar de sus gustos sexuales me siento como un bicho raro. Recuerdo cuando, en una ocasión, salí a tomar algo con unos amiguitos de ambiente y se preguntaban en plan jocoso, <<¿En qué te fijas primero de un tío?>> Las respuestas eran las típicas. <<En el culo.>> <<En el paquete.>> <<En lo cachas.>> Entonces uno me preguntó, <<¿Y tú en qué te fijas primero?>> Lo cavilé largamente y contesté con toda sinceridad. <<En la sonrisa.>> Vamos, el descojone. Y lo que es peor, la incredulidad. ¿Tan raro es? El caso es que me sentí más invisible que Teruel.
Que me vean ridículo puedo asumirlo, y que no comulguen conmigo también (¡faltaría más!). Pero que no me crean, sobre todo cuando hablo de mis propios sentimientos, de mis vivencias, de mi propio yo, de cosas tan propias que sólo yo podría saberlas… me hiere en lo más profundo de mi ser, me revienta. Eso es llamarme mentiroso, y mentiroso no soy.
Así, pues, necesito escribir también para sentir que existo, máxime cuando me siento solo en mi realidad. El verbo escrito brinda cierta permanencia, solidez y hasta inmortalidad a una existencia fantasmagórica y efímera. Y yo en mi forma de entender la sexualidad me siento muy, muy solo.
En el plano más político (lo personal es político), quiero escribir relatos eróticos también porque creo que el sexo es una parte natural de la vida y de las sociedades, y debería tratarse como tal. Como cualquier otro aspecto de la sociedad, el sexo – siendo una relación entre personas – es político y forma parte de las relaciones jerárquicas de poder que predominan. Tal como las relaciones laborales, las sexuales pueden y deben ser criticadas desde una perspectiva política ya que seguir una política sí tiene implicaciones para estas relaciones; incide en su estructura, su organización y hasta sus premisas. Yo soy partidario de las relaciones horizontales (de igual a igual) y libertarias, con claras implicaciones en el ámbito sexual. Vivimos en un mundo donde las relaciones horizontales y libertarias brillan por su ausencia. Pero muchas veces se confunde crítica con denuncia – es decir, con limitarse a denunciar lo que está mal. La crítica también puede ser constructiva, una plataforma para proponer alternativas.
De acuerdo con mi humor basculante, escribiré algunos relatos alegres y otros tristes, pero siempre con la intención de hacer algún comentario social sobre uno o varios aspectos de las relaciones sexuales, tanto los que veo positivos como los que veo negativos. Como regla general no escribo nada sin hacer un comentario, pues comentar es lo que más me motiva de escribir.
Finalmente, porque la sinceridad, y la coherencia, me lo exigen. Soy una criatura sexual, he tenido y tengo una vida sexual activa. No soy asexual, la sexualidad es parte de mi vida, de mi existencia. ¿Acaso debería sentir vergüenza? ¿Acaso es algo malo? Si no es algo malo, debería poder hablarse con naturalidad. Y sin embargo, llevo toda la vida callado.
Mi objetivo político es contribuir a la construcción de una manera libertaria de entender la sexualidad, es decir: positiva, horizontal, igualitaria, empática y fundamentada en valores humanos y solidarios. Este es un proyecto del que poca gente habla, y los que hablan no dan detalles. Pero para construir algo hay que ser explícito, y la sexualidad no es diferente.