El Yoscopio

La nota discordante

Anecdotario madrileño

Posted by mikiencolor en 12 agosto 2009

Barrunto que esta sección será una constante de este blog, pues Madrid da mucho de sí y genera millones de historietas. En mi anecdotario madrileño contaré las cosas que veo por ahí en los madriles, algunas tristes, otras esperanzadoras y otras más surrealistas que un rey demócrata nombrado por un dictador fascista. Esta es una ciudad, como me gusta decir, singular, que en los últimos diez años ha concentrado muy de golpe una fauna humana de lo más inverosímil y estrambótica. Tanto es así que varias veces me ha tocado hacer de guía a visitantes de algún pueblo lejano y contemplar cómo algunos españoles se asustan cuando conocen su capital, cuya repentina movida la ha catapultado en cosa de tres decenios adonde urbes de la talla de Estocolmo, Berlín, París o Nueva York han debido esperar un siglo o más para llegar y cuya sobrevenida mezcolanza de habitantes y corrientes ya empieza a transformarla en algo del cual su naturaleza última aún se vislumbra tenue.

Y tras tamaña parrafada deciros que…empezaré ligero.

Aquí en Madrid tenemos algunas peculiaridades cuanto menos curiosas. Cuando un tren entra en una estación a tope de viajeros lo cívico y correcto es que los que esperan en el andén se aparten de las puertas antes de montar para dejar sitio a los que van dentro y quieren bajar; normal, dices, y así, por supuesto, lo hacemos. Pero parece que lo temporizamos. Si en un tiempo prudente no terminan de salir todos del tren con intención de hacerlo, los del andén perdemos la paciencia y revertimos el flujo. Siempre empieza con uno que sube contracorriente, y los demás, quizás pensando “pues si este se adelanta y coge una silla, yo no voy a ser menos”, le siguen en tromba. Es como si aquello de esperar educadamente a que todo el mundo se baje del tren antes de subir no lo hiciéramos por civismo ni sentido del orden. Más bien se parecería tratar de un civismo cronometrado, programado y ajeno a teorías éticas; y a partir de un determinado momento decidimos, “¡Que ya está bien de gente que sale, coño! Ya han bajado bastante, ahora toca subir.” Que para ello haya que echar pa trás a un puñado de rezagados es lo de menos, ¡habérselo pensado antes de rezagarse hombre! Si hubiera que traducirlo al lenguaje Sims, supongo que se vería como una barrita verde de impaciencia por encima de nuestras cabezas que de a poco iría llenándose. Un ritual, pues, más que un gesto de civismo. Sin embargo, raramente nos mosqueamos por esta ‘falta de respeto’; la aceptamos, resignados, como algo natural. Menos mal, eso sí, que no estamos lastrados por las subrutinas para salvar obstáculos de los pobres y sufridos sims.

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