El Yoscopio

La nota discordante

Archive for 6 septiembre 2009

La mendiga

Posted by mikiencolor en 6 septiembre 2009

Anecdotario madrileño

Madrid es a menudo una ciudad surrealista. Nunca sabes lo que te vas a encontrar cuando sales a la calle. Todavía recuerdo con diáfana claridad cómo, hace ya un año, me bajé al quiosco una mañana a comprar Público y, al llegar a mi destino, me encontré a una anciana discutiendo a voces con el quiosquero. Tampoco es que me interesara mucho así que no les presté atención. Pero cuando cogí el periódico y fui a pagar, la señora se volvió hacia mi y, mirándome como si con Salomón se hubiera cruzado, inquirió «¿Y tú qué opinas?» Me quedé pillado. «Eh… ¿de qué?» Y me lanza ella una pregunta que difícilmente olvidaré pues es la que menos me esperaba: «¿Qué es más importante, fumar o llevar al perro al veterinario?» Por un instante me dejó anonadado. ¿Cómo es que siempre me encuentro en situaciones tan absurdas?, pensé para mí. Pero me lo había puesto muy fácil. El dilema ético que me planteaba la señora era de tan sencilla resolución que ni siquiera me hizo falta pensar. ¡Si ni siquiera soy fumador! ¡Si me encantan los perros! No me costó contestarle enseguidamente, y aun sin salir de mi desconcierto. «Pos… llevar al perro al veterinario.» sentencié con la convicción salomónica que exigía la ocasión. Ella volvió a dirigir la mirada al quiosquero, a quien ya se le dibujaba una expresión de niño regañado en el rostro, y le espetó triunfante «¡Ves! ¡Lo que te he dicho yo!» ‘‘, parecía decir el cabizbajo quisoquero con la mirada, ‘Lo sé. He sido un chico malo. Muy malo.

A veces Madrid, con su sorprendente amalgama de gentes variopintas, puede parecer el mundo al revés. Un día venía del trabajo y me bajaba a Atocha, camino de mi casa. Vi a un mendigo español, como tantos que hay, con un minino chiquitito a su vera para llamar la atención de los transeúntes. Cerca de él, un grupo de tres africanos salía de la estación. Iban bien vestidos y tenían pinta de ricos. El español se arrimó a uno y le pidió unas monedas y éste le devolvió la mirada, y por un momento se lo quedó mirando indeciso. Entonces pareció enternecerse. Hurgó un poco en su bolsillo y le dio unas monedas al mendigo. «Dios te bendiga.» Viví muchos años en Nueva York y aun así hay muchas cosas en esta vida que sólo he visto en Madrid. Una de ellas es a un africano subsahariano dar limosna a un mendigo europeo. Me sorprendí, pero no mucho.

Pero nada pudo prepararme para lo que encontré en Atocha pocas semanas después. Era hora punta. Me bajé a la estación por la misma rampa, pasando al lado del mismo mendigo con su gatito. Cuando llegué a la entrada de la estación, inmerso en las incesantes corrientes de personas indiferentes a todo lo ajeno a su ir y venir, por un casual me topé con una isla inmóvil en medio de la marabunta. Otra mendiga. Era una mujer madura y esmirriada de tez blanquísima, con su pelo cano recogido en una coleta y la mirada perdida.  Supuse que sería de un país del Este. Pero entonces abrió la boca. «Una moneda pa comer.» suplicó a la impertérrita avalancha humana que la sorteaba como si de una baliza se tratara. Me paré en seco, convirtiéndome brevemente en otra isla más, flanqueada por las corrientes. Casi me tropiezo y me caigo. Escuché de nuevo, esta vez con más atención. Y volvió a repetirse. «Una moneda pa comer.»

No cabía duda. Reconozco ese acento a leguas. No era del Este como había pensado. Era anglosajona. Probablemente estadounidense. Había visto antes a músicos callejeros estadounidenses sin reparar mucho en ello. En esta ciudad hay de todo. Pero nunca antes había encontrado a un mendigo estadounidense en las calles de Madrid. Menuda se ha liado con esta crisis, pensé. Me sentía en conflicto conmigo mismo. Vale es estadounidense, pensó parte de mí. ¿Te habrías parado si le hubieras notado un acento ruso? Madrid está lleno de gente de todo el mundo, y por lo tanto lleno de mendigos de todo el mundo. Ella no es especial. Pero no pude evitar preguntarme por el sino que la habría llevado a mendigar en esta colosal estación ferroviaria en el sur de Madrid capital.  ¿Era refugiada sanitaria? ¿No se iba la mayoría a Canadá? ¿Maltratada? ¿Se quedó sin nada por la crisis? ¿Trastornada? ¿Una combinación, quizás?

Me adentré nuevamente en la estación, reincorporado al flujo de gente y absorto en mis pensamientos. La voz de la mendiga yanqui seguía sonando una y otra vez en mi cabeza. Entonces me di de bruces con un par de abuelas typical Spanish. Eran tan recias, a decir verdad, que fue como chocar contra el tronco de un árbol. No sólo no me las llevé por delante sino que por poco me dejan tumbado en el suelo a mí. Aun así la falta era mía, que no había mirado por dónde iba, y me miraron expectantes. «Ay, perdonen.» dije cuando me hube cerciorado de que no iba a besar el suelo y me sonrieron satisfechas. «Nada, joven.» Pasé por el torniquete (en realidad ahora son dos puertecitas automáticas), me bajé al andén y me subí al tren que me correspondía.

«¡Cómo se nota que el gobierno sí invierte en Madrid!» me comentó indignada alguna vez la madre de mi compañera (catalana). «Qué diferencia. Estos trenes nuevos no circulan en Barcelona.» «Bueno» respondí escéptico, «los trenes más antiguos también circulan en Madrid, sólo que no en esta línea.» Pero no hubo forma de convencerla. «He viajado en varias líneas y no he visto ni un tren viejo.» Los trenes “viejos” a los que se refería tampoco es que vayan mal. El caso es que, aunque los españoles no se lo crean, el sistema ferroviario español es de los mejores del mundo. Los italianos se maravillan cuando nos visitan y hasta los británicos más chovinistas se deshacen en elogios de los ferrocarriles españoles. Sólo los que vivimos aquí nos permitimos el lujo de quejarnos de los trenes. Y de todo.

El caso es que me sentía desconcertado. España no es un país rico para ser de Europa, y tiene graves problemas económicos (el mileurismo, la dependencia del ladrillo y el turismo, el caciquismo, el choriceo y un largo etcétera). Pero se puede tener una buena calidad de vida. Algunos venimos a Madrid y, bueno… Ahí estamos. No nos va tan mal. Viajamos a casita en los trenes nuevos. Otros vienen y no les sale tan bien. Y ahí se quedaron. Algunos en Atocha.

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Momento de entrega

Posted by mikiencolor en 2 septiembre 2009

Sentados, encarados, piernas entrecruzadas, ella la toma entre sus dedos y se le acaba de endurecer en la mano. Miran encandiladas sus cada vez más próximos genitales y de pronto suspiran, sobrecogidas por la repentina punzada de placer que les recorre las entrepiernas cuando ella arrastra lentamente el pene erecto entre los cálidos labios de su vulva. Según se envuelve en este afectuoso ósculo vulvar, el pene de él se cubre de una estela de humedad espesa que acaba por empaparlo del todo. Sale reluciente de la vulva de ella y el olor a sus sexos mojados impregna el aire. Vuelven la mirada hacia arriba y se miran a la cara admirados. Ojos grandes como platos, bocas abiertas y suspirantes, se lanzan exaltadas, se enzarzan a besos urgentes, insistentes, mientras, desbordadas por unas ansias rayanas a la desesperación, se acarician las mejillas con cariño frenético. Los cuerpos se juntan, las ingles se baten y el placer les viene en oleajes que les roban el aliento.

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