El Yoscopio

La nota discordante

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El significado de queer

Posted by mikiencolor en 9 octubre 2011

En una ocasión me encontraba sentado en el sofá al lado de una pareja. Las dos chicas eran amigas de mi compañero de piso de entonces; ellas se iban del piso cuando yo entraba. Mirábamos la tele y salió un anuncio de esas bebidas sanas tipo Actimel presentado por una tía fornida, de mentón ancho, pelo corto, complexión formidable, semblante serio y mirada penetrante que imponía una autoridad desperdiciada en intentar convencernos de una más que improbable tesis: que su salud y su impresionante musculatura se debieran a su consumo de la bebida de la patrocinadora. «¡Qué asco!», escucho de repente. «Pues sí.», confirma la otra. «¿Por qué?» demando a la pareja. «¡Pues porque parece un hombre!» insiste la primera, y prosigue, «No sé a quién le puede gustar una mujer así.» «Pues a mí me gusta» contesto yo, empezando a cabrearme. Y las dos me lanzan una mirada ojiplática como si allí mismo me acabara de bajar de la nave nodriza. «¿Cómo dices?» me preguntan entre incrédulas y escandalizadas, cejas arqueadas hasta el infinito. «Yo la encuentro muy atractiva» declaro, ya en abierta rebeldía. Se miran la una a la otra hasta satisfacerse de haber comprobado el hecho de mi locura en el espanto cómplice que reflejaban sus propios ojos, y después vuelven a mirarme a mí – al loco. ¿Qué decirle a un loco? Finalmente se atreve una, «Tú eres muy raro.» Yo me callo. No me vuelven a dirigir la palabra en lo que resta de nuestra corta convivencia.

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La mendiga

Posted by mikiencolor en 6 septiembre 2009

Anecdotario madrileño

Madrid es a menudo una ciudad surrealista. Nunca sabes lo que te vas a encontrar cuando sales a la calle. Todavía recuerdo con diáfana claridad cómo, hace ya un año, me bajé al quiosco una mañana a comprar Público y, al llegar a mi destino, me encontré a una anciana discutiendo a voces con el quiosquero. Tampoco es que me interesara mucho así que no les presté atención. Pero cuando cogí el periódico y fui a pagar, la señora se volvió hacia mi y, mirándome como si con Salomón se hubiera cruzado, inquirió «¿Y tú qué opinas?» Me quedé pillado. «Eh… ¿de qué?» Y me lanza ella una pregunta que difícilmente olvidaré pues es la que menos me esperaba: «¿Qué es más importante, fumar o llevar al perro al veterinario?» Por un instante me dejó anonadado. ¿Cómo es que siempre me encuentro en situaciones tan absurdas?, pensé para mí. Pero me lo había puesto muy fácil. El dilema ético que me planteaba la señora era de tan sencilla resolución que ni siquiera me hizo falta pensar. ¡Si ni siquiera soy fumador! ¡Si me encantan los perros! No me costó contestarle enseguidamente, y aun sin salir de mi desconcierto. «Pos… llevar al perro al veterinario.» sentencié con la convicción salomónica que exigía la ocasión. Ella volvió a dirigir la mirada al quiosquero, a quien ya se le dibujaba una expresión de niño regañado en el rostro, y le espetó triunfante «¡Ves! ¡Lo que te he dicho yo!» ‘‘, parecía decir el cabizbajo quisoquero con la mirada, ‘Lo sé. He sido un chico malo. Muy malo.

A veces Madrid, con su sorprendente amalgama de gentes variopintas, puede parecer el mundo al revés. Un día venía del trabajo y me bajaba a Atocha, camino de mi casa. Vi a un mendigo español, como tantos que hay, con un minino chiquitito a su vera para llamar la atención de los transeúntes. Cerca de él, un grupo de tres africanos salía de la estación. Iban bien vestidos y tenían pinta de ricos. El español se arrimó a uno y le pidió unas monedas y éste le devolvió la mirada, y por un momento se lo quedó mirando indeciso. Entonces pareció enternecerse. Hurgó un poco en su bolsillo y le dio unas monedas al mendigo. «Dios te bendiga.» Viví muchos años en Nueva York y aun así hay muchas cosas en esta vida que sólo he visto en Madrid. Una de ellas es a un africano subsahariano dar limosna a un mendigo europeo. Me sorprendí, pero no mucho.

Pero nada pudo prepararme para lo que encontré en Atocha pocas semanas después. Era hora punta. Me bajé a la estación por la misma rampa, pasando al lado del mismo mendigo con su gatito. Cuando llegué a la entrada de la estación, inmerso en las incesantes corrientes de personas indiferentes a todo lo ajeno a su ir y venir, por un casual me topé con una isla inmóvil en medio de la marabunta. Otra mendiga. Era una mujer madura y esmirriada de tez blanquísima, con su pelo cano recogido en una coleta y la mirada perdida.  Supuse que sería de un país del Este. Pero entonces abrió la boca. «Una moneda pa comer.» suplicó a la impertérrita avalancha humana que la sorteaba como si de una baliza se tratara. Me paré en seco, convirtiéndome brevemente en otra isla más, flanqueada por las corrientes. Casi me tropiezo y me caigo. Escuché de nuevo, esta vez con más atención. Y volvió a repetirse. «Una moneda pa comer.»

No cabía duda. Reconozco ese acento a leguas. No era del Este como había pensado. Era anglosajona. Probablemente estadounidense. Había visto antes a músicos callejeros estadounidenses sin reparar mucho en ello. En esta ciudad hay de todo. Pero nunca antes había encontrado a un mendigo estadounidense en las calles de Madrid. Menuda se ha liado con esta crisis, pensé. Me sentía en conflicto conmigo mismo. Vale es estadounidense, pensó parte de mí. ¿Te habrías parado si le hubieras notado un acento ruso? Madrid está lleno de gente de todo el mundo, y por lo tanto lleno de mendigos de todo el mundo. Ella no es especial. Pero no pude evitar preguntarme por el sino que la habría llevado a mendigar en esta colosal estación ferroviaria en el sur de Madrid capital.  ¿Era refugiada sanitaria? ¿No se iba la mayoría a Canadá? ¿Maltratada? ¿Se quedó sin nada por la crisis? ¿Trastornada? ¿Una combinación, quizás?

Me adentré nuevamente en la estación, reincorporado al flujo de gente y absorto en mis pensamientos. La voz de la mendiga yanqui seguía sonando una y otra vez en mi cabeza. Entonces me di de bruces con un par de abuelas typical Spanish. Eran tan recias, a decir verdad, que fue como chocar contra el tronco de un árbol. No sólo no me las llevé por delante sino que por poco me dejan tumbado en el suelo a mí. Aun así la falta era mía, que no había mirado por dónde iba, y me miraron expectantes. «Ay, perdonen.» dije cuando me hube cerciorado de que no iba a besar el suelo y me sonrieron satisfechas. «Nada, joven.» Pasé por el torniquete (en realidad ahora son dos puertecitas automáticas), me bajé al andén y me subí al tren que me correspondía.

«¡Cómo se nota que el gobierno sí invierte en Madrid!» me comentó indignada alguna vez la madre de mi compañera (catalana). «Qué diferencia. Estos trenes nuevos no circulan en Barcelona.» «Bueno» respondí escéptico, «los trenes más antiguos también circulan en Madrid, sólo que no en esta línea.» Pero no hubo forma de convencerla. «He viajado en varias líneas y no he visto ni un tren viejo.» Los trenes “viejos” a los que se refería tampoco es que vayan mal. El caso es que, aunque los españoles no se lo crean, el sistema ferroviario español es de los mejores del mundo. Los italianos se maravillan cuando nos visitan y hasta los británicos más chovinistas se deshacen en elogios de los ferrocarriles españoles. Sólo los que vivimos aquí nos permitimos el lujo de quejarnos de los trenes. Y de todo.

El caso es que me sentía desconcertado. España no es un país rico para ser de Europa, y tiene graves problemas económicos (el mileurismo, la dependencia del ladrillo y el turismo, el caciquismo, el choriceo y un largo etcétera). Pero se puede tener una buena calidad de vida. Algunos venimos a Madrid y, bueno… Ahí estamos. No nos va tan mal. Viajamos a casita en los trenes nuevos. Otros vienen y no les sale tan bien. Y ahí se quedaron. Algunos en Atocha.

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Anecdotario madrileño

Posted by mikiencolor en 12 agosto 2009

Barrunto que esta sección será una constante de este blog, pues Madrid da mucho de sí y genera millones de historietas. En mi anecdotario madrileño contaré las cosas que veo por ahí en los madriles, algunas tristes, otras esperanzadoras y otras más surrealistas que un rey demócrata nombrado por un dictador fascista. Esta es una ciudad, como me gusta decir, singular, que en los últimos diez años ha concentrado muy de golpe una fauna humana de lo más inverosímil y estrambótica. Tanto es así que varias veces me ha tocado hacer de guía a visitantes de algún pueblo lejano y contemplar cómo algunos españoles se asustan cuando conocen su capital, cuya repentina movida la ha catapultado en cosa de tres decenios adonde urbes de la talla de Estocolmo, Berlín, París o Nueva York han debido esperar un siglo o más para llegar y cuya sobrevenida mezcolanza de habitantes y corrientes ya empieza a transformarla en algo del cual su naturaleza última aún se vislumbra tenue.

Y tras tamaña parrafada deciros que…empezaré ligero.

Aquí en Madrid tenemos algunas peculiaridades cuanto menos curiosas. Cuando un tren entra en una estación a tope de viajeros lo cívico y correcto es que los que esperan en el andén se aparten de las puertas antes de montar para dejar sitio a los que van dentro y quieren bajar; normal, dices, y así, por supuesto, lo hacemos. Pero parece que lo temporizamos. Si en un tiempo prudente no terminan de salir todos del tren con intención de hacerlo, los del andén perdemos la paciencia y revertimos el flujo. Siempre empieza con uno que sube contracorriente, y los demás, quizás pensando “pues si este se adelanta y coge una silla, yo no voy a ser menos”, le siguen en tromba. Es como si aquello de esperar educadamente a que todo el mundo se baje del tren antes de subir no lo hiciéramos por civismo ni sentido del orden. Más bien se parecería tratar de un civismo cronometrado, programado y ajeno a teorías éticas; y a partir de un determinado momento decidimos, “¡Que ya está bien de gente que sale, coño! Ya han bajado bastante, ahora toca subir.” Que para ello haya que echar pa trás a un puñado de rezagados es lo de menos, ¡habérselo pensado antes de rezagarse hombre! Si hubiera que traducirlo al lenguaje Sims, supongo que se vería como una barrita verde de impaciencia por encima de nuestras cabezas que de a poco iría llenándose. Un ritual, pues, más que un gesto de civismo. Sin embargo, raramente nos mosqueamos por esta ‘falta de respeto’; la aceptamos, resignados, como algo natural. Menos mal, eso sí, que no estamos lastrados por las subrutinas para salvar obstáculos de los pobres y sufridos sims.

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