El Yoscopio

La nota discordante

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Experiencia masculina

Posted by mikiencolor en 2 julio 2012

En las jornadas bisexuales acudí curioso al taller de nuevas masculinidades, el primero de ese estilo al que he asistido. Me sentía escéptico con el concepto, pero algo más tranquilo por saber que era un encuentro entre bisexuales y, por lo tanto, no el típico taller en el que la experiencia masculina por excelencia es la de los hombres heterosexuales y su eterna preocupación por si abrirles o no abrirles las puertas a las mujeres en el que uno no se siente ni identificado ni partícipe ni hombre. Aquí, como mínimo, la experiencia de enfrentamiento con el machismo por ser identificados como maricones se aceptaría como natural y merecedor de algún análisis. Además, aquí estaban también compañeras, bien por curiosidad, o bien por masculinas. Como debía ser. Expresé en este taller el motivo de mi escepticismo.

Emo

La experiencia masculina de este chico emo será ‘igualica’ que la de Chuck Norris.

Por un lado no veo ningún movimiento de mujeres por nuevas feminidades. Que sepa yo el feminismo denuncia la feminidad obligatoria por opresiva. No entiendo por qué no se denuncia la masculinidad obligatoria por opresiva en lugar de afanarse en su reforma. ¿Acaso se pretende crear un papel de género para los hombres más agradable? ¿No es eso sexista? ¿Por qué se insiste en conservar el concepto de hombría y encarrilar a los varones? Por otro lado, se manejan dos conceptos distintos de masculinidad: uno descriptivo y otro prescriptivo. La masculinidad como género (un papel con unos comportamientos determinados, una forma de ser) es prescriptiva; la masculinidad como adjetivo de hombre (descriptivo de la experiencia de cualquier hombre) es descriptiva. Según la masculinidad prescriptiva, no es masculino que un hombre lleve falda. Pero según la masculinidad descriptiva, es masculino llevar falda cuando un hombre lo hace, pues todo lo que hace cualquier hombre siempre es masculino.

Dije que si las tan cacareadas nuevas masculinidades corresponden a lo primero – nuevos papeles de género – a mí no me interesan, ni tampoco entiendo por qué se consideraría tarea intrínseca de los hombres desarrollarlas. Supongo que a las mujeres masculinas les debería de interesar también desarrollar masculinidades inofensivas. A mí no me interesa porque los papeles de género no me interesan, y en todo caso siempre me han dicho que soy más bien femenino y no me sentiría capacitado para aportar nada auténtico. Además, mis prescripciones, cuando las hago, a la gente le suelen sonar a feminidades, al tener que ver con expresar vulnerabilidades, vínculos afectivos y cuestiones emocionales. Entonces se cuestiona enseguida la autenticidad de mi pertenencia al sexo al que digo pertenecer – el masculino. Nunca me siento ni me he sentido plenamente aceptado ‘como hombre’. Cuando articulo cómo creo que los hombres (y las mujeres) ‘deberían’ comportarse en mi mundo ideal a veces se me acusa de mentir y de ser realmente una mujer, otras se me identifica como ‘eunuco’. Mi madre insistía por activa y por pasiva que yo debía de ser una mujer transsexual, y por mucho que dijera yo que no me siento mujer (ni sabría decir en qué consiste eso), ella sí que lo tenía claro.

Pero, si de lo que se trata en realidad es de lo segundo: de entender masculinidades en el sentido adjetival, de comprender y analizar las diversas experiencias de ser hombre en esta sociedad, entonces eso sí que me interesaba hacerlo. Y mucho. En un proyecto así me podría sentir partícipe – si se llegara reconocer la autenticidad de mi experiencia. Pero si las masculinidades son experiencias diversas que ocurren a personas identificadas y/o que se identifican como hombres, tampoco veo esa diversidad reflejada en la práctica de las nuevas masculinidades que parten siempre de una experiencia masculina única: la del macho alfa heterosexual que se encuentra con la horma de su zapato cuando echa novia feminista e intenta ‘desaprender’, en la medida de lo posible, sus muchos hábitos masculinos opresivos de los que es, por supuesto, inconsciente. Corresponde al hombre heterosexual tipo, el que teóricamente tendríamos que ser todos. Y no somos. Así, si un hombre se levanta y afirma lo típico sobre su masculinidad, por ejemplo: que ni se le había ocurrido en la vida que las mujeres sintieran miedo a la violación o a la violencia en situaciones cotidianas, se supone que todos debemos asentir entusiastas y recitar con él, de acuerdo al dogma establecido, a mí tampoco, hasta que descubrí el feminismo, no se me ocurrió que pasaba eso. Aunque eso sea mentira. Porque no hacerlo sería hacerle un feo al pobre, que se nos sincera y se autoacepta como opresor; sería quizás insinuar una jerarquía moral en la que algunos hombres son más oprimidos que otros, o en la que algunos nos sentimos oprimidos por otros dentro del grupo. Incluso podría insinuar – diosa no lo quiera – que los hombres del grupo deberían emplear la empatía y la ética cuidadora con otros hombres del grupo, y no solamente con La Mujer. Así que, a callar. Aunque algunos hayamos sobrevivido a situaciones de abuso extremo y sea de lo más absurdo y surrealista para nosotros ‘confesar’ algo que nunca va a ser cierto, que no conocemos el miedo a la violación o a la violencia. Aunque sepamos muy bien que éramos conscientes de ese peligro y miedo cotidianos mucho antes de encontrarnos con los discursos feministas. Aunque esa experiencia, y ese dogma, que pretende aplicársenos, no se corresponda a nuestra realidad masculina. A callar, que si hablamos desentonamos.

Hablo, entonces, de dos acepciones muy distintas de masculinidades. Presuponer que la construcción de la masculinidad como género es intrínsecamente una tarea de hombres desmiente el pretendido igualitarismo de quien lo afirma. Es, francamente, sexista. Presuponer, por otra parte, que los hombres, por serlo, o por compartir una serie de privilegios sexuales en consecuencia, debemos compartir también todos una misma experiencia masculina y todos los mismos privilegios y las mismas circunstancias es también, francamente, sexista e irreal. Es entender que la experiencia vital de un nenaza que lleva toda la vida identificado como nenaza, de complexión frágil y vulnerable, blanco frecuente para el depredador de turno, es plenamente homologable a la de un heterosexual grande y musculoso que con su mera presencia impone y no conoce el miedo a la violencia en su vida cotidiana. Y si no, que el nenaza se calle, que aquí por delante va una teoría leñe. Esta es una interpretación doctrinaria de la teoría feminista que sustituye la búsqueda sincera de la realidad mediante el conocimiento orgánico de las distintas experiencias y narrativas, el hablar y conocer, por el aprendizaje a rajatabla de un dogma político que coloca ya a cada cual en su sitio, sin que nadie tenga que escuchar, ni reflexionar, ni cuestionarse, ni empatizar con una perspectiva diferente pero no por ello menos válida y real, sino solo tomar postura y recitar de carrerilla, y acallar las voces discordantes que pudieran amenazar la integridad de la teoría.

Sissy boy

El estadounidense Kirk Murphy fue torturado y castigado de manera sistemática durante su niñez por ser considerado ‘demasiado femenino’. También una experiencia masculina.

Dije en el taller que yo no siento ni identidad ni afinidad masculinas. No me siento masculino, ni me siento hombre, ni me siento macho. No sé cómo sería sentir eso. De hecho, en mi vida se me ha cuestionado tanto que yo pueda ser hombre y sentir lo que siento que en ocasiones yo mismo lo dudo, y me pregunto si no tendrán razón y no seré otra cosa. No tengo ninguna sensación arraigada de identificación de género. He detestado y rechazado de plano la hombría, la caballerosidad y demás parafernalia masculina abiertamente desde la más temprana edad, pues me parecía degradante, opresiva y violenta. No la asumo ni la acepto, ni lo haré nunca. Siempre la he sentido como una imposición extraña, inauténtica y ajena a mi voluntad y siempre la he visto como tal, me he resistido, y siempre me han castigado por ello, por vía física y vía verbal, por secuestro y por exclusión. Esa es mi experiencia masculina. Pero a pesar de tanta alienación, alguna tenue identificación con la masculinidad puedo sentir. Sí puedo entenderme como hombre en el sentido político de sujeto masculino y aceptar la masculinidad como categoría política en la que encajarían mis experiencias porque en la mayoría de ocasiones (aunque no siempre, en mi caso) soy leído como hombre, y por lo tanto supongo que recibo el trato político de un hombre en la sociedad de sexos. Esto es la masculinidad como mero adjetivo. Si se acepta que la masculinidad es así de amplia, y se me quiere en el espacio con ese criterio amplio sobre lo que es masculino, entonces sí: quiero participar. Así y todo, y como advertí en el taller, yo no tengo una experiencia masculina típica, la experiencia en la que la gente piensa cuando habla de los hombres y lo que hacen, lo que les pasa, lo que sienten, lo que piensan, lo que viven. Yo tengo una experiencia masculina marginal. Lo sé porque cuando la articulo, rara vez ningún otro hombre se siente identificado con mi experiencia de la vida. Me miran con caras de extrañeza, y faltos de entendimiento. En algunos casos mi experiencia se solapa con experiencias que normalmente se considerarían femeninas en cuanto a género. Y creo que uno de esos casos es mi larga historia de acosos sexuales.

Hoy me he encontrado de nuevo con esa marginalidad que ni sé explicar muy bien ni entiendo muy bien por qué ocurre. Solo sé que es mi experiencia y que cuando me ocurre, me siento, aparte de vulnerable, solo e invisible, confuso, porque no se habla de que ocurra esto ni se explica por qué y sin embargo me pasa.

Vivo en un bajo. Hay un hombre inquietante que hace unos meses se pasó por mi piso y llamó a la puerta. Explicó que buscaba un bajo en alquiler para una persona discapacitada y que llevaba mucho tiempo buscando. Le dije que mi piso no estaba en el alquiler. Me pregunta si sé de otros bajos por la zona que sí estén en alquiler; le digo que no, pero tampoco me he fijado. Igual si busca, encuentra. Veo que el tipo es rarillo. No quiere marcharse. Se enquista en mi portal, pasa el tiempo, se repite, sigue insistiendo en su historia. Me pregunta donde vive el presidente de la comunidad y, viendo mi escapatoria, le digo donde vive y le aconsejo que hable con él, que seguramente él sí que sabría si hay bajos en alquiler. Buenas noches y buena suerte.

Hoy este hombre ha vuelto y de nuevo ha empezado a comerme la oreja con lo mismo. Hoy llevaba camiseta de la Roja – qué menos. Buscaba un bajo en alquiler para una persona discapacitada. A mí me suena razonable. Le vuelvo a decir que no sé dónde podría encontrarlo. No se quiere marchar. Me pregunta si me ha dejado el teléfono, por si el piso se pone en alquiler. Venga, va. Apunto su teléfono. Me mira las uñas, que las tengo pintadas. «Qué bonitas tienes las uñas.» Río, algo nervioso. «Ahhh, gracias.» Empieza a ponerse ‘coqueto-asquerosillo’ – por llamarlo de alguna forma. Qué grima. Me pregunta de qué trabajo. «Traductor.» «Ah traductor, mira, yo también ofrezco servicios informáticos…» empieza, y acaba intentando venderme un MacBook, después un iPad, y después una línea de maquillaje. Está claramente chalado, de eso ya no me cabe duda. ¿Cómo hago para que se vaya? Me pregunta si vivo solo. «Ehh… bueno, ahora mismo sí, pero no por mucho tiempo.» Me pregunta si tengo esposa. «¡Sí! Tengo esposa.» respondo esperanzado. Ni modo. El dato no lo disuade. Quiero que se vaya, pero no enfadado. Sabe donde vivo, está loco, y no quiero que me coja manía. Me informa que a mi esposa le podrían gustar los productos cosméticos que vende. «Ehh sí, claro… ya le diré algo.» Me pide un vaso de agua; se lo doy. Le deseo suerte. «Suerte.» Suerte quiere decir que te vayas ya. ¡Vete ya! No se quiere marchar. Veo que empieza a desnudarme con los ojos. Mientras cierro la puerta oigo, «Ayyy ¡qué jovencísimo! Qué joven. Guaaapo.» Aspira y le oigo lamerse los labios de forma muy desagradable. Cierro.

Ni 10 segundos pasan y sin que pueda empezar a recuperarme del disgusto, vuelve campante. Otra vez. Lleva mucho tiempo buscando un bajo por todos lados. Que si sé dónde vive el presidente. ¡Ah sí! ¡Sí! ¡El presidente! Sé dónde vive. Se lo vuelvo a decir y le vuelvo a aconsejar que hable con él sobre los bajos. No se quiere marchar. Me vuelve a lanzar esa mirada grimosa y esa sonrisa espeluznante. «Bueno», le digo «mucha suerte. Adiós.» «Si me dejaras, ¡no sabes lo que te haría!» Me quedo helado. Otra vez esa risa tonta y nerviosa. ¿Por qué siempre me sale la risa tonta? Fijo que le anima a seguir mi risa tonta. «¿Me dejas?» «No.» Cierro. Un «vale» es lo último que escucho.

Ahora tengo miedo de salir de casa por si está él por ahí rondando. Me pregunto si se va a obsesionar conmigo. Si va a volver más. Si tenía que haberle cortado antes el rollo. Que por qué le sigo tanto el rollo. Que por qué no soy asertivo. ¿Y si hubiera entrado en el piso? ¿Y si me intentara forzar? ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer? ¿De verdad el tipo decidió que me quería follar por mis uñas bonitas? ¿Es posible eso? ¿Hace esto en todos los bajos, o se fija en mí y me lleva observando y acosando sin que yo sea consciente? ¿Por qué hay estos miembros de mi sexo que son así cuando yo no he sentido nada nunca que me dé una pista que explique ese comportamiento? ¿Realmente somos iguales porque seamos anatómicamente parecidos?  Sí, la suya es una experiencia masculina. Pero la mía también. Esta también es una experiencia masculina. Es mi experiencia masculina. ¿De verdad somos exactamente la misma cosa? ¿Solo la cultura nos hace distintos? ¿No podría ser que aun siendo anatómicamente parecidos, fuéramos tan biológicamente distintos como se suele presuponer que son las mujeres de los hombres? ¿Y si hay categorías biológicas invisibles? ¿Cerebros distintos que generen mentalidades distintas que pueblen cuerpos independientemente de su cultura, sus hormonas o su anatomía, y al no asociarse a características visibles no somos conscientes de su existencia? ¿Entonces qué? ¿Como vamos a ser él y yo lo mismo? ¿Estos son pensamientos masculinos? ¿Estas son preocupaciones masculinas? Sí.

¿Masculino me describe o me prescribe? Para mí es descriptivo; cualquier experiencia de cualquier hombre se puede describir como masculina, y eso convierte mis preocupaciones en preocupaciones masculinas en tanto que yo sea hombre. Eso sí, igual pueden pertenecer a una masculinidad muy rara y muy marginal. O igual no soy hombre. O igual hay grupos de hombres tan distintos que tendríamos que pertenecer a categorías distintas. Igual algo de razón tienen los que me identifican como eunuco porque, «ningún hombre sentiría ni pensaría ni diría eso».

¿Qué explicación tiene todo esto? ¿No está asentado y aceptado que cosas como esta no deberían pasarme a mí por ser hombre y disfrutar de determinados privilegios masculinos universales? Pues me pasan. Hay experiencias que las grandes teorías no abordan. Esta solo la más reciente de muchas anécdotas que tengo de este estilo, algunas auténticas películas de terror. Lo siento. Siento de veras fastidiaros las teorías perfectas y las masculinidades y feminidades. Es que debo de llevar pintado en la frente en tinta invisible: A POR MÍ, MACHOTES. ACOSADME. Pero me pasan. Son parte de mi experiencia de mí mismo, de mi formación, de mi historia y de . Yo sé que existo. Así que, por favor, enmendad vuestras teorías, no mi experiencia vital.

Si yo soy hombre entonces esta es una experiencia masculina. Solo que en los grupos feministas no interesa, porque no soy mujer, y me la tengo que callar. Y en los grupos de nuevas masculinidades no interesa, porque es una experiencia que consideran femenina, y me la tengo que callar. No. Estoy harto de callarme y harto de sentir que no tengo sitio y que molesto por existir.

Una cosa sí está clara: ya no vuelvo a abrirle la puerta a nadie que no conozca.

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Falocentrismo e invisibilidad bisexual

Posted by mikiencolor en 1 julio 2012

Esta entrada es a raíz de este vídeo que publicó un compañero en el grupo STOP Bifobia:

Se trata de la visión que da el conocido humorista sevillano Manu Sánchez en su programa de Canal Sur sobre una carta en la que un chico explica que él y otro chico estaban teniendo sexo con una chica, que la chica se corrió y eyaculó sobre ellos y se quedó bastante ‘satisfecha’, que ellos estaban aún excitados así que se arriman y tienen sexo entre ellos hasta correrse también. Ahora se preguntan, y preguntan a Manu, y preguntan al mundo: «¿Esto significa que somos gays?».

Cuatrieja de tres hombres y una mujer

La de en medio ahora se pregunta, «¿esto significa que soy un hombre gay?»

Con lo tierna y atractiva que me resulta la situación que describen: le comen el coño, eyacula ella y se corre hasta hartarse y ellos, pobrecitos, se arriman con el calentón aún encima. Suena divino. Me pone. ¿Y todo eso para sentir vergüenza y remordimientos después? ¡Qué lástima! Qué manera de estropear una experiencia bonita con una ideología estúpida. Evidentemente se hace cachondeo con el tema, y el cachondeo es divertido. Yo, al menos, reí. Pensad que eran unos clítoris muy grandes, y tal. Está claro que en una parte no despreciable de la población masculina española, la homofobia se empieza a desvanecer. No es de extrañar que los neomachistas monten en cólera y les cunda el pánico. Esto tira. Pero me ha resultado interesante porque en el trasfondo del cachondeo he visto premisas serias que aún no se cuestionan, y quiero hablar de ellas.

Es muy fácil recibir el carné de gay si eres chico. Tocas una polla, y ya. Eres gay. Para siempre. Fue el carné de identidad más fácil que conseguí en mi vida. A mí, la verdad sea dicha, ni siquiera me hizo falta tocar una polla. Ya antes de tocar ninguna, simplemente afirmé que no me importaría tocar una. Y ya. Me dieron el carné en el acto. No hizo falta nada más. Desde entonces, fui ‘gay’. Desde ese mismo momento nadie me disputó nunca que yo pudiera ser gay. De quererlo ser, puedo. Y aunque no lo sea, lo soy. Que sea bisexual, eso sí que me lo disputan. Pero si quisiera ser gay definitivamente – y con la de chicas con las que me he enrollado y coños que he tocado – no tendría que hacer más que comunicarlo a la Junta Directiva Monosexual. «Miren, de bisexual nada. Soy gay.» Y ya. Uno más. Me volvería gay. Mi identidad estaría blindada con teflón.

Nunca podré ser heterosexual – y no es que quiera, pero aunque quisiera, no podría. Me he liado con chicos, y eso me inhabilita. Me he comido una polla. Se corrió sobre mi cara. Me corrí con él. Y lo disfruté muchísimo. Eso me inhabilita para ser heterosexual. Los hombres heterosexuales no quieren saber nada de mí. Las mujeres heterosexuales tampoco.  (Generalizo, cariño. Tú no. Tú, ya sé que eres distintx). Pero que me haya comido un coño o cien o mil da igual. No inhabilita para ser gay. Si solicito el carné de heterosexual me devuelven la solicitud con el sello: DENEGADO, POR COMEPOLLAS. Pero aunque se hayan corrido un solo coño o mil coños o cien mil coños sobre mi cara y yo lo haya disfrutado, yo siempre seré apto para pedir el carné de gay. Y de hecho, lo recibo ya, y pone: GAY, MIEMBRO DE PLENO DERECHO. POR COMEPOLLAS. Y OTRAS MIL COSAS. Y tengo que devolverlo constantemente y solicitar por pedido especial el bisexual y todo para que enseguida me devuelvan el gay con una carta amable y educada: «Sr. Gay: Dado que no sería razonable imprimir carnés nuevos ya que ello nos supondría reconocer la validez de una identidad etiquetable y por lo tanto alienante a nuestros miembros que se etiquetan como queers, validar una visión binaria del sexo-género con la cual los homosexuales, como nuestro mismo nombre indica, no comulgamos, rebasar el límite de caracteres ASCII impuesto por la escasez de memoria de nuestra base de datos y un incumplimiento de los Protocolos de Kioto de los tipificados como graves, y seguros de que usted estará de acuerdo en que la protección del Amazonas es un asunto de primerísima importancia, nos complace rogar se considere usted y su “bisexualidad” plenamente cubierto, incluido e integrado ya en la comunidad gay por virtud de la presente. De nada, querido.»

Feminismo bisexual

Feminismo bisexual, ¡cuánta falta haces!

La identidad de varón gay es sumamente fácil de ganar y puedes estar tranquilo cuando te la has ganado: nadie te la va a quitar nunca una vez concedida, hagas lo que hagas. Si no, pregunta a Rajoy. Como mucho, puedes ser un gay armarizado o reprimido. Pero gay quedas. Soy consciente de que un hombre bisexual para mucha gente, aunque admitan nuestra existencia técnica (y muchísimas personas ni admiten nuestra existencia técnica), es simplemente otro sabor de gay, pues lo determinante de nosotros, al parecer, es que tocamos pollas.

Las mujeres bisexuales, en cambio, también eternas sospechosas, reciben un hostigamiento en el que se duda de la autenticidad de su atracción hacia las mujeres; es decir, al contrario que nosotros, son sospechosas, no tanto de ser lesbianas secretas, sino más bien de ser heterosexuales encubiertas. Las cartas que reciben de la Junta no son ni la mitad de educadas que las nuestras. Ni apelan amablemente a su sentido de la responsabilidad medioambiental ni hacen mención a la protección del Amazonas, ni ninguna de esas benditas mariconadas que los gays nos prodigan. A menudo son más bien textos escuetos que se dirigen a ellas como ‘putas’ y las mandan directamente a la mierda.

En todo caso lo determinante, también para ellas, entonces, es que tocan pollas. Lo demás carece de importancia. El movimiento separatista lésbico anglosajón ha desarrollado una explicación muy sencilla y elegante para explicar por qué esto es así, que articulan de la siguiente manera: «Dick contaminates. [La polla contamina].» Dado que esta definición excluye a la mayoría de lesbianas, levanta ampollas y genera conflicto hasta dentro del propio separatismo. El enconado conflicto entre las bolleras puras, las que siempre han sido lesbianas y nunca han tenido contacto sexual con un hombre, conocidas en inglés como always-lesbians o gold-star, y las ‘contaminadas‘, conocidas como ex-heterosexuals, atestigua la importancia de la cuestión de la contaminación dentro del ámbito separatista.  Explica una bloguera separatista:

Glad to have some support for the controvercial belief that dick is about contamination. But I went further and said women who had sex with men were contaminated and I would never have sex with them. [Me alegro de contar con algún respaldo en la controvertida creencia que la polla es contaminante. Pero fui más allá y dije que las mujeres que tienen sexo con hombres están contaminadas y yo nunca tendría sexo con ellas.]

Esta misma filosofía es seguida también en el mundo de los hombres heterosexuales – del cual parece que origina. La gente heterosexual también tiene un nombre especial por el que llaman a las mujeres no contaminadas por «la polla»: vírgenes, sinónimo de puras, «sin estropear» o «sin utilizar». A las contaminadas se las conoce como «putas», y a los contaminados por la polla también se nos conoce como «putos» o «putas», aunque en Europa se prefiere «maricón». Eso no es casualidad; es así por diseño.

Beso en la polla

Método 1 de determinar la sexualidad: ¿Ud. toca o no toca pollas? Si las toca, es tocapollas. Si no las toca, es notocapollas. Fácil.

Ante tal delirante panorama, me parece difícil negar que en la cultura machista – de la que bebemos todas – la sexualidad de todas las personas se determina en función de su relación con la polla y se niega por completo la entidad y relevancia sexual de las mujeres. Por lo tanto, creo que todas las categorías sexuales consideradas como más importantes y más relevantes en la actualidad son falocéntricas.

La división entre sexualidad romántica y arromántica, afectividad sexual y asexual así como la invisibilizada identidad lésbica, no se consideran importantes ni relevantes porque no está la polla de por medio. En cambio, la división entre activos y pasivos no solo es muy conocida fuera de la comunidad gay sino que, además, de repente, la gente sabe idiomas. Te la puede recitar en inglés (top y bottom) y hasta en japonés (seme y uke). Se ve que les importa mucho. Qué menos. Tiene que ver con la polla, aquello que, por lo visto, confiere gravedad a las cosas y cuyo pozo gravitatorio es tan potente que incluso hay lesbianismos supuestamente separatistas que, de manera surrealista y paradójica, trazan fielmente su propia órbita en torno a la polla, ¡’separatismos’ en los que nada menos que la polla determina si eres o no … lesbiana!

He comprobado, incrédulo, que muchas personas parecen incapaces tan siquiera de hablar o de concebir de sexo entre chicos sin «activos» y «pasivos». Llegan a comprender aquello de «versátil» – eso es que cambias de rol según te plazca. Pero ya. Que no exista el rol no se concibe ni se admite. Creo que esto se debe a los valores absolutos que se atribuyen al pene en la ideología machista predominante, de los que he hablado ya en una entrada anterior. Yo puedo afirmar por mi parte que no he sido nunca ni activo ni pasivo en mis relaciones sexuales con chicos, ni me interesa jugar a serlo. Del mismo modo que hay personas que afirman, con toda sinceridad, «No puedo imaginar cómo dos mujeres podrían tener sexo sin un pene», las hay que afirman, por la misma regla de tres, «No puedo imaginar cómo dos hombres podrían tener sexo con sus penes sin un dominante y un sumiso. Uno conserva su masculinidad y otro la pierde.» Las dos afirmaciones parten de la misma base. Con un coño, nada ocurre. Solo ocurre algo con la polla.

La sociedad no ve tantos matices como vemos las LGTBIA. Ve hombres «maricas» o «no maricas» y mujeres que «se dejan» y otras que «no se dejan». No va más allá. Estos dos se han tocado la polla, así que ya. «¿Somos gays?» Claro. ¿Qué más?

Dentro de lo que cabe, creo que Manu se porta bien. Viene a decir – al margen del inevitable cachondeo propio de los programas humorísticos – que no, no necesariamente. Pero si fuera así, ¿qué más da? Gays y felices. Que es una respuesta, a primera vista, sensata. La única sensata. Pero ni Manu ni la colaboradora se zafan del falocentrismo que motiva la pregunta original y la invisibilidad bisexual que acarrea. A ninguna se le ocurre preguntar lo que para las bisexuales es una pregunta tan obvia ante la situación que nos resulta increíble que nadie la haga: «¿Y si son bisexuales?».

Vamos a ver si esto tiene sentido. «Comimos un coño. La chica se nos corrió encima, y nosotros, tan contentos que estábamos, que nos tocamos las pollas y nos corrimos también. Después, de inmediato se nos ocurre la siguiente pregunta: ¿Somos gays?». Solo una cultura falocéntrica hasta el infinito permitiría esta sucesión ‘lógica’ de pensamientos. Si no se es falocéntrica lo primero que invita a pensar es que son bisexuales; pero claro, como un coño no ‘vale’ ni ‘cuenta’ para nada, ¿cómo iba a determinar la sexualidad de nadie su relación con los coños y no con las pollas? Vemos así como el machismo incide en la bifobia.

Abrazo de una trieja

Método 2 de determinar la sexualidad: ¿Siente Ud. afecto por una persona con polla? Si es así, es tocapollas. Si no es así, es notocapollas.

Ahora bien, no deja de ser también curioso que para Manu y la colaboradora la homosexualidad, propiamente, no basta para merecer la identificación homosexual (la bisexual siendo ignorada por completo), sino que hace falta, además, homoafectividad. Dicen que, a no ser que los chicos se manden mensajes de texto donde se digan ‘te quiero cariño’, no son gays – aunque luego aseveran que, de ser este el caso, y de ser ellos gays, tampoco sería nada malo (vemos que es un falocentrismo gay-friendly, moderno y avanzado, sí).

Hasta esta forma de determinar la sexualidad inclusiva de la afectividad centra únicamente la relación que tienen los chicos entre sí. Para el caso de que sean gays, es por el afecto que sienten entre ellos; para el caso de que sean heterosexuales, es porque no hay afecto entre ellos. Nadie se pregunta por el afecto que puedan sentir o no sentir por la chica, ni afirma que esos sentimientos puedan ser determinantes de su sexualidad. La chica en este trío está, en todo el análisis que hacen en el programa, totalmente invisible, notoriamente ausente. Es como si fuera irrelevante, como si ella diera igual, como si, por ser mujer, careciera de gravedad y entidad y por lo tanto fuera incapaz de determinar la sexualidad de los chicos o siquiera la suya propia. Es como si, para determinar la sexualidad de cualquier persona, fuera tanto imprescindible como suficiente saber su relación o falta de relación con quienes tienen polla.

Son los chicos, y la relación que se tiene con los chicos, lo que determina la sexualidad propiamente dicha, independientemente del criterio utilizado. Bien sea porque quien toca una polla es hombre gay o mujer hetero para siempre, porque la polla contamina; bien sea porque el vínculo afectivo entre los chicos los haría gays o porque al no haber vínculo afectivo entre ellos serían heterosexuales. El contacto con el coño no importa, ni deja huella, ni tiene gravedad. El contacto con el intelecto o el mundo interior de la chica no importa, ni deja huella, ni tiene gravedad. El vínculo afectivo que se pueda sentir o no por ella no importa, ni es relevante ni determinante de la sexualidad de nadie. Queda invisible todo eso. Solo tienen entidad los machos. Por lo tanto, cualquier relación existente con la chica en este trío queda invisible y la bisexualidad, necesariamente y en consecuencia directa, queda también invisible. Así, la bisexualidad queda irrelevante en tanto que depende, para existir y cobrar validez, del reconocimiento de la entidad de las mujeres. Yo sospecho que con la invisibilidad lésbica pasa algo muy similar.

La chica de este trío es la gran ausente en toda la conversación sobre lo que debe o no debe considerarse determinante de la sexualidad de los chicos y es por ello, y no por otra cosa, que la bisexualidad es también la gran ausente. Es un falocentrismo que lleva a invisibilidad bisexual.

Parece que dan por hecho que todos los chicos somos potencialmente bisexuales en un momento de calentón, pero no necesariamente bi-afectivos. Hace unos meses en la radio madrileña escuché algo parecido. Curioso. Juraría que para las chicas el estereotipo es el contrario – que todas son potencialmente bi-afectivas sin ser necesariamente por ello bisexuales.

Definitivamente: ¡con el género hemos topado!

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