El Yoscopio

La nota discordante

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Experiencia masculina

Posted by mikiencolor en 2 julio 2012

En las jornadas bisexuales acudí curioso al taller de nuevas masculinidades, el primero de ese estilo al que he asistido. Me sentía escéptico con el concepto, pero algo más tranquilo por saber que era un encuentro entre bisexuales y, por lo tanto, no el típico taller en el que la experiencia masculina por excelencia es la de los hombres heterosexuales y su eterna preocupación por si abrirles o no abrirles las puertas a las mujeres en el que uno no se siente ni identificado ni partícipe ni hombre. Aquí, como mínimo, la experiencia de enfrentamiento con el machismo por ser identificados como maricones se aceptaría como natural y merecedor de algún análisis. Además, aquí estaban también compañeras, bien por curiosidad, o bien por masculinas. Como debía ser. Expresé en este taller el motivo de mi escepticismo.

Emo

La experiencia masculina de este chico emo será ‘igualica’ que la de Chuck Norris.

Por un lado no veo ningún movimiento de mujeres por nuevas feminidades. Que sepa yo el feminismo denuncia la feminidad obligatoria por opresiva. No entiendo por qué no se denuncia la masculinidad obligatoria por opresiva en lugar de afanarse en su reforma. ¿Acaso se pretende crear un papel de género para los hombres más agradable? ¿No es eso sexista? ¿Por qué se insiste en conservar el concepto de hombría y encarrilar a los varones? Por otro lado, se manejan dos conceptos distintos de masculinidad: uno descriptivo y otro prescriptivo. La masculinidad como género (un papel con unos comportamientos determinados, una forma de ser) es prescriptiva; la masculinidad como adjetivo de hombre (descriptivo de la experiencia de cualquier hombre) es descriptiva. Según la masculinidad prescriptiva, no es masculino que un hombre lleve falda. Pero según la masculinidad descriptiva, es masculino llevar falda cuando un hombre lo hace, pues todo lo que hace cualquier hombre siempre es masculino.

Dije que si las tan cacareadas nuevas masculinidades corresponden a lo primero – nuevos papeles de género – a mí no me interesan, ni tampoco entiendo por qué se consideraría tarea intrínseca de los hombres desarrollarlas. Supongo que a las mujeres masculinas les debería de interesar también desarrollar masculinidades inofensivas. A mí no me interesa porque los papeles de género no me interesan, y en todo caso siempre me han dicho que soy más bien femenino y no me sentiría capacitado para aportar nada auténtico. Además, mis prescripciones, cuando las hago, a la gente le suelen sonar a feminidades, al tener que ver con expresar vulnerabilidades, vínculos afectivos y cuestiones emocionales. Entonces se cuestiona enseguida la autenticidad de mi pertenencia al sexo al que digo pertenecer – el masculino. Nunca me siento ni me he sentido plenamente aceptado ‘como hombre’. Cuando articulo cómo creo que los hombres (y las mujeres) ‘deberían’ comportarse en mi mundo ideal a veces se me acusa de mentir y de ser realmente una mujer, otras se me identifica como ‘eunuco’. Mi madre insistía por activa y por pasiva que yo debía de ser una mujer transsexual, y por mucho que dijera yo que no me siento mujer (ni sabría decir en qué consiste eso), ella sí que lo tenía claro.

Pero, si de lo que se trata en realidad es de lo segundo: de entender masculinidades en el sentido adjetival, de comprender y analizar las diversas experiencias de ser hombre en esta sociedad, entonces eso sí que me interesaba hacerlo. Y mucho. En un proyecto así me podría sentir partícipe – si se llegara reconocer la autenticidad de mi experiencia. Pero si las masculinidades son experiencias diversas que ocurren a personas identificadas y/o que se identifican como hombres, tampoco veo esa diversidad reflejada en la práctica de las nuevas masculinidades que parten siempre de una experiencia masculina única: la del macho alfa heterosexual que se encuentra con la horma de su zapato cuando echa novia feminista e intenta ‘desaprender’, en la medida de lo posible, sus muchos hábitos masculinos opresivos de los que es, por supuesto, inconsciente. Corresponde al hombre heterosexual tipo, el que teóricamente tendríamos que ser todos. Y no somos. Así, si un hombre se levanta y afirma lo típico sobre su masculinidad, por ejemplo: que ni se le había ocurrido en la vida que las mujeres sintieran miedo a la violación o a la violencia en situaciones cotidianas, se supone que todos debemos asentir entusiastas y recitar con él, de acuerdo al dogma establecido, a mí tampoco, hasta que descubrí el feminismo, no se me ocurrió que pasaba eso. Aunque eso sea mentira. Porque no hacerlo sería hacerle un feo al pobre, que se nos sincera y se autoacepta como opresor; sería quizás insinuar una jerarquía moral en la que algunos hombres son más oprimidos que otros, o en la que algunos nos sentimos oprimidos por otros dentro del grupo. Incluso podría insinuar – diosa no lo quiera – que los hombres del grupo deberían emplear la empatía y la ética cuidadora con otros hombres del grupo, y no solamente con La Mujer. Así que, a callar. Aunque algunos hayamos sobrevivido a situaciones de abuso extremo y sea de lo más absurdo y surrealista para nosotros ‘confesar’ algo que nunca va a ser cierto, que no conocemos el miedo a la violación o a la violencia. Aunque sepamos muy bien que éramos conscientes de ese peligro y miedo cotidianos mucho antes de encontrarnos con los discursos feministas. Aunque esa experiencia, y ese dogma, que pretende aplicársenos, no se corresponda a nuestra realidad masculina. A callar, que si hablamos desentonamos.

Hablo, entonces, de dos acepciones muy distintas de masculinidades. Presuponer que la construcción de la masculinidad como género es intrínsecamente una tarea de hombres desmiente el pretendido igualitarismo de quien lo afirma. Es, francamente, sexista. Presuponer, por otra parte, que los hombres, por serlo, o por compartir una serie de privilegios sexuales en consecuencia, debemos compartir también todos una misma experiencia masculina y todos los mismos privilegios y las mismas circunstancias es también, francamente, sexista e irreal. Es entender que la experiencia vital de un nenaza que lleva toda la vida identificado como nenaza, de complexión frágil y vulnerable, blanco frecuente para el depredador de turno, es plenamente homologable a la de un heterosexual grande y musculoso que con su mera presencia impone y no conoce el miedo a la violencia en su vida cotidiana. Y si no, que el nenaza se calle, que aquí por delante va una teoría leñe. Esta es una interpretación doctrinaria de la teoría feminista que sustituye la búsqueda sincera de la realidad mediante el conocimiento orgánico de las distintas experiencias y narrativas, el hablar y conocer, por el aprendizaje a rajatabla de un dogma político que coloca ya a cada cual en su sitio, sin que nadie tenga que escuchar, ni reflexionar, ni cuestionarse, ni empatizar con una perspectiva diferente pero no por ello menos válida y real, sino solo tomar postura y recitar de carrerilla, y acallar las voces discordantes que pudieran amenazar la integridad de la teoría.

Sissy boy

El estadounidense Kirk Murphy fue torturado y castigado de manera sistemática durante su niñez por ser considerado ‘demasiado femenino’. También una experiencia masculina.

Dije en el taller que yo no siento ni identidad ni afinidad masculinas. No me siento masculino, ni me siento hombre, ni me siento macho. No sé cómo sería sentir eso. De hecho, en mi vida se me ha cuestionado tanto que yo pueda ser hombre y sentir lo que siento que en ocasiones yo mismo lo dudo, y me pregunto si no tendrán razón y no seré otra cosa. No tengo ninguna sensación arraigada de identificación de género. He detestado y rechazado de plano la hombría, la caballerosidad y demás parafernalia masculina abiertamente desde la más temprana edad, pues me parecía degradante, opresiva y violenta. No la asumo ni la acepto, ni lo haré nunca. Siempre la he sentido como una imposición extraña, inauténtica y ajena a mi voluntad y siempre la he visto como tal, me he resistido, y siempre me han castigado por ello, por vía física y vía verbal, por secuestro y por exclusión. Esa es mi experiencia masculina. Pero a pesar de tanta alienación, alguna tenue identificación con la masculinidad puedo sentir. Sí puedo entenderme como hombre en el sentido político de sujeto masculino y aceptar la masculinidad como categoría política en la que encajarían mis experiencias porque en la mayoría de ocasiones (aunque no siempre, en mi caso) soy leído como hombre, y por lo tanto supongo que recibo el trato político de un hombre en la sociedad de sexos. Esto es la masculinidad como mero adjetivo. Si se acepta que la masculinidad es así de amplia, y se me quiere en el espacio con ese criterio amplio sobre lo que es masculino, entonces sí: quiero participar. Así y todo, y como advertí en el taller, yo no tengo una experiencia masculina típica, la experiencia en la que la gente piensa cuando habla de los hombres y lo que hacen, lo que les pasa, lo que sienten, lo que piensan, lo que viven. Yo tengo una experiencia masculina marginal. Lo sé porque cuando la articulo, rara vez ningún otro hombre se siente identificado con mi experiencia de la vida. Me miran con caras de extrañeza, y faltos de entendimiento. En algunos casos mi experiencia se solapa con experiencias que normalmente se considerarían femeninas en cuanto a género. Y creo que uno de esos casos es mi larga historia de acosos sexuales.

Hoy me he encontrado de nuevo con esa marginalidad que ni sé explicar muy bien ni entiendo muy bien por qué ocurre. Solo sé que es mi experiencia y que cuando me ocurre, me siento, aparte de vulnerable, solo e invisible, confuso, porque no se habla de que ocurra esto ni se explica por qué y sin embargo me pasa.

Vivo en un bajo. Hay un hombre inquietante que hace unos meses se pasó por mi piso y llamó a la puerta. Explicó que buscaba un bajo en alquiler para una persona discapacitada y que llevaba mucho tiempo buscando. Le dije que mi piso no estaba en el alquiler. Me pregunta si sé de otros bajos por la zona que sí estén en alquiler; le digo que no, pero tampoco me he fijado. Igual si busca, encuentra. Veo que el tipo es rarillo. No quiere marcharse. Se enquista en mi portal, pasa el tiempo, se repite, sigue insistiendo en su historia. Me pregunta donde vive el presidente de la comunidad y, viendo mi escapatoria, le digo donde vive y le aconsejo que hable con él, que seguramente él sí que sabría si hay bajos en alquiler. Buenas noches y buena suerte.

Hoy este hombre ha vuelto y de nuevo ha empezado a comerme la oreja con lo mismo. Hoy llevaba camiseta de la Roja – qué menos. Buscaba un bajo en alquiler para una persona discapacitada. A mí me suena razonable. Le vuelvo a decir que no sé dónde podría encontrarlo. No se quiere marchar. Me pregunta si me ha dejado el teléfono, por si el piso se pone en alquiler. Venga, va. Apunto su teléfono. Me mira las uñas, que las tengo pintadas. «Qué bonitas tienes las uñas.» Río, algo nervioso. «Ahhh, gracias.» Empieza a ponerse ‘coqueto-asquerosillo’ – por llamarlo de alguna forma. Qué grima. Me pregunta de qué trabajo. «Traductor.» «Ah traductor, mira, yo también ofrezco servicios informáticos…» empieza, y acaba intentando venderme un MacBook, después un iPad, y después una línea de maquillaje. Está claramente chalado, de eso ya no me cabe duda. ¿Cómo hago para que se vaya? Me pregunta si vivo solo. «Ehh… bueno, ahora mismo sí, pero no por mucho tiempo.» Me pregunta si tengo esposa. «¡Sí! Tengo esposa.» respondo esperanzado. Ni modo. El dato no lo disuade. Quiero que se vaya, pero no enfadado. Sabe donde vivo, está loco, y no quiero que me coja manía. Me informa que a mi esposa le podrían gustar los productos cosméticos que vende. «Ehh sí, claro… ya le diré algo.» Me pide un vaso de agua; se lo doy. Le deseo suerte. «Suerte.» Suerte quiere decir que te vayas ya. ¡Vete ya! No se quiere marchar. Veo que empieza a desnudarme con los ojos. Mientras cierro la puerta oigo, «Ayyy ¡qué jovencísimo! Qué joven. Guaaapo.» Aspira y le oigo lamerse los labios de forma muy desagradable. Cierro.

Ni 10 segundos pasan y sin que pueda empezar a recuperarme del disgusto, vuelve campante. Otra vez. Lleva mucho tiempo buscando un bajo por todos lados. Que si sé dónde vive el presidente. ¡Ah sí! ¡Sí! ¡El presidente! Sé dónde vive. Se lo vuelvo a decir y le vuelvo a aconsejar que hable con él sobre los bajos. No se quiere marchar. Me vuelve a lanzar esa mirada grimosa y esa sonrisa espeluznante. «Bueno», le digo «mucha suerte. Adiós.» «Si me dejaras, ¡no sabes lo que te haría!» Me quedo helado. Otra vez esa risa tonta y nerviosa. ¿Por qué siempre me sale la risa tonta? Fijo que le anima a seguir mi risa tonta. «¿Me dejas?» «No.» Cierro. Un «vale» es lo último que escucho.

Ahora tengo miedo de salir de casa por si está él por ahí rondando. Me pregunto si se va a obsesionar conmigo. Si va a volver más. Si tenía que haberle cortado antes el rollo. Que por qué le sigo tanto el rollo. Que por qué no soy asertivo. ¿Y si hubiera entrado en el piso? ¿Y si me intentara forzar? ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer? ¿De verdad el tipo decidió que me quería follar por mis uñas bonitas? ¿Es posible eso? ¿Hace esto en todos los bajos, o se fija en mí y me lleva observando y acosando sin que yo sea consciente? ¿Por qué hay estos miembros de mi sexo que son así cuando yo no he sentido nada nunca que me dé una pista que explique ese comportamiento? ¿Realmente somos iguales porque seamos anatómicamente parecidos?  Sí, la suya es una experiencia masculina. Pero la mía también. Esta también es una experiencia masculina. Es mi experiencia masculina. ¿De verdad somos exactamente la misma cosa? ¿Solo la cultura nos hace distintos? ¿No podría ser que aun siendo anatómicamente parecidos, fuéramos tan biológicamente distintos como se suele presuponer que son las mujeres de los hombres? ¿Y si hay categorías biológicas invisibles? ¿Cerebros distintos que generen mentalidades distintas que pueblen cuerpos independientemente de su cultura, sus hormonas o su anatomía, y al no asociarse a características visibles no somos conscientes de su existencia? ¿Entonces qué? ¿Como vamos a ser él y yo lo mismo? ¿Estos son pensamientos masculinos? ¿Estas son preocupaciones masculinas? Sí.

¿Masculino me describe o me prescribe? Para mí es descriptivo; cualquier experiencia de cualquier hombre se puede describir como masculina, y eso convierte mis preocupaciones en preocupaciones masculinas en tanto que yo sea hombre. Eso sí, igual pueden pertenecer a una masculinidad muy rara y muy marginal. O igual no soy hombre. O igual hay grupos de hombres tan distintos que tendríamos que pertenecer a categorías distintas. Igual algo de razón tienen los que me identifican como eunuco porque, «ningún hombre sentiría ni pensaría ni diría eso».

¿Qué explicación tiene todo esto? ¿No está asentado y aceptado que cosas como esta no deberían pasarme a mí por ser hombre y disfrutar de determinados privilegios masculinos universales? Pues me pasan. Hay experiencias que las grandes teorías no abordan. Esta solo la más reciente de muchas anécdotas que tengo de este estilo, algunas auténticas películas de terror. Lo siento. Siento de veras fastidiaros las teorías perfectas y las masculinidades y feminidades. Es que debo de llevar pintado en la frente en tinta invisible: A POR MÍ, MACHOTES. ACOSADME. Pero me pasan. Son parte de mi experiencia de mí mismo, de mi formación, de mi historia y de . Yo sé que existo. Así que, por favor, enmendad vuestras teorías, no mi experiencia vital.

Si yo soy hombre entonces esta es una experiencia masculina. Solo que en los grupos feministas no interesa, porque no soy mujer, y me la tengo que callar. Y en los grupos de nuevas masculinidades no interesa, porque es una experiencia que consideran femenina, y me la tengo que callar. No. Estoy harto de callarme y harto de sentir que no tengo sitio y que molesto por existir.

Una cosa sí está clara: ya no vuelvo a abrirle la puerta a nadie que no conozca.

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