El Yoscopio

La nota discordante

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Complicidad

Posted by mikiencolor en 2 enero 2013

«¿Qué piensas?» te pregunto. En mi mente tu gemela se muerde el labio inferior, como tratando de contener una sonrisa traicionada al instante por las comisuras de sus labios. Sabiéndose delatada, se inclina levemente sobre la mesa y sus mejillas se encienden. Yo también sonrío, cómplice de su rubor, mientras aguardo la respuesta. «En cómo quedarías de adorable si te desnudara aquí mismo, y cómo estarías de rico si te comiera a besos.» Miro la mesa y suelto una risita, y oigo la suya, cómplice de la mía. Noto una mano que se desliza sobre la mía. Sigue deslizándose; recorre mi antebrazo, mi brazo. Giro mi mano palma arriba y la cierro, agarrando aquel otro brazo. Me siento anclado. Levanto la vista despacio hasta mirarle a los ojos, que sonríen a los míos y analizan el alborozo que de ellos dimana. Cómplices. Unidas en el deseo mutuo. Un deseo.

Dos personas se miran a los ojos y se acarician.«¿Eh?»

«¿En qué piensas?» insisto.

«¿Cómo que en qué pienso? ¿Ahora mismo?»

«Sí.»

«Ah, no sé. En nada.»

«Siempre se piensa en algo, por nimio que sea.»

«Pues, pensaba en ese cacho plástico con el que jugueteas entre los dedos.»

«Ah», digo. «Vale.» Miro la mesa, y se me esboza una sonrisa compungida. Dejo caer el plasticucho arrugado, que de repente me parece un ser odioso.  Y tú también me sonríes, ajena.

Vuelve el silencio, y vuelvo a la tarea de comer. Pensaré en la comida. Una delicia. Para eso hemos venido aquí, después de todo, a comer. ¿No? Hay que aprovechar. ¡Aquel de ahí! ¡De la entrada! Madre mía, quien tuviera sus genes. Si no tiene ni que esforzarse por estar guapo, simplemente lo es. Seguro que se levanta por la mañana y no tiene ni que asearse, porque ya es un Adonis. No como yo que me levanto más feo que Picio. A él no le desluce un triste envoltorio de plástico transparente, no, seguro que no.

No, no… piensa en otra cosa, maldita sea. Esto no lleva a ningún lado. En el dinero. Pensaré en el dinero. No da abasto. Nunca hay suficiente dinero. Y mientras algunos personajillos…

«¿Te has enterado de lo de Gérard Depardieu?», pregunto. Mi intento por reproducir el nombre en voz francesa resulta un sonoro e hispánico fracaso.

«No. ¿Qué le pasa?»

«Pues que se pira a Bélgica con su dinero, porque no quiere pagar los impuestos de Francia.»Tres viñetas de manos cuyas palmas se tocan, se empiezan a coger y finalmente se cogen.

«Qué asco.»

«Es que claro, como es rico puede hacer con su dinero lo que le venga en gana. Hasta aparcarlo en las Islas Caimán. Pero como se me ocurra a mí hacer lo mismo me enchironan por defraudar a Hacienda.»

¡Eso, eso! Que pague el sinvergüenza de Gérard la total indiferencia que inspiro en mis supuestos amantes. ¡Que le zurzan al cabrón! ¡Yo aquí a un paso de la indigencia, y él de vacaciones permanentes! ¡Que le parta un rayo! Si yo tuviera su dinero podría pagarme la dermoestética. Entonces quizás—

«Luego piden ajustar el cinturón y sacrificarse», replicas tú, volviéndome a centrar. «Y a la primera sugerencia de que tengan que sacrificar algo se esfuman. Es repugnante. No tienen ninguna credibilidad para pedir nada a nadie.»

«Desde luego, no pienso ver ninguno de sus bodrios», sentencio. «Ni sus estúpidos documentales. Jamás. Gérard es un delincuente.»

Ríes, ahora sí, cómplice.

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Momento de entrega

Posted by mikiencolor en 2 septiembre 2009

Sentados, encarados, piernas entrecruzadas, ella la toma entre sus dedos y se le acaba de endurecer en la mano. Miran encandiladas sus cada vez más próximos genitales y de pronto suspiran, sobrecogidas por la repentina punzada de placer que les recorre las entrepiernas cuando ella arrastra lentamente el pene erecto entre los cálidos labios de su vulva. Según se envuelve en este afectuoso ósculo vulvar, el pene de él se cubre de una estela de humedad espesa que acaba por empaparlo del todo. Sale reluciente de la vulva de ella y el olor a sus sexos mojados impregna el aire. Vuelven la mirada hacia arriba y se miran a la cara admirados. Ojos grandes como platos, bocas abiertas y suspirantes, se lanzan exaltadas, se enzarzan a besos urgentes, insistentes, mientras, desbordadas por unas ansias rayanas a la desesperación, se acarician las mejillas con cariño frenético. Los cuerpos se juntan, las ingles se baten y el placer les viene en oleajes que les roban el aliento.

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